Publicado | Comunicación y Sociedad: Monográfico ‘Tecnopolítica y ciudadanía digital’

Publicado | Comunicación y Sociedad: Monográfico ‘Tecnopolítica y ciudadanía digital’

El Catedrático de la Universidad de Sevilla Francisco Sierra, el Dr. Salvador Leetoy y el Dr. Diego Zavala-Scherer coordinan el monográfico ‘Tecnopolítica y ciudadanía digital’ en la revista Comunicación y Sociedad (Q2).

Descargue aquí la presentación del monográfico en PDF

Los editores invitados coinciden gracias al Proyecto I+D “Ciberactivismo, Ciudadanía Digital y Nuevos Movimientos Urbanos” del Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia. Subprograma Estatal de Generación de Conocimiento (Referencia: CSO2016-78386-P). Universidad de Sevilla, España. Investigador responsable: Francisco Sierra Caballero.

PRESENTACIÓN

Las discusiones cotidianas sobre democracia comienzan no pocas veces en los lugares comunes de la etimología del concepto, es decir, la idea central del gobierno de la gente por la gente. De una  complejidad abrumadora en su aparente sencillez, dicha idea se basa en el principio virtuoso del autogobierno, donde los ciudadanos se erigen como participantes y destinatarios de la confección de reglas y normas de la vida pública que les atañen en virtud del necesario principio de autonomía. Sin embargo, dicho principio deambula en la vaguedad cuando no reflexiona en el cuestionamiento de quién califica como ciudadano y quién no; o dicho de otra manera, ¿quién es “la gente”?

 

Desde la teoría crítica, el cuestionamiento es especialmente relevante. De manera particular, desde los estudios culturales el abordaje a la anterior pregunta se enfoca en el papel de las identidades y la manera en que el discurso determina relaciones de poder que intentan normalizar subjetividades dominantes y subalternas. Es decir, quiénes se presentan con ventajas derivadas de determinaciones sociales para el ejercicio pleno de la ciudadanía, y quiénes están sujetos a dinámicas de exclusión o discriminación. Es aquí que la pregunta de quién es la gente, de manera implícita, pero frecuentemente velado por el juego de las ideologías, abre el paso a discusiones sobre falsas conciencias: opuestos binarios que construyen jerarquías y que privilegian la visibilidad de ciertas identidades e interpretaciones de la vida social sobre otras. No obstante, y ya que donde hay poder existe también resistencia, es desde la inestabilidad de las hegemonías que el concepto de la gente se mantiene abierto para dar cabida a diversas formas de agencia del subalterno que potencialmente democratizan al espacio público. Lo anterior ha acercado a los estudios culturales con la teoría política, que de manera especial tiene pertinencia a la luz de los llamados desde hace unas cuatro décadas, nuevos movimientos sociales: aquellos que consideran la ampliación del concepto de ciudadanía hacia demandas sociales, tales como autodeterminación, respeto a la diferencia cultural, y pluralidad de la vida social, y que actúan en primera instancia desde ámbitos locales originados en identidades y el entorno social (Melucci, 1996; Touraine, 2000; Offe, 1984). Estas movilizaciones, que se encuentran generalmente fuera de los límites burocráticos de grupos organizados en busca del poder político, parten de acciones espontáneas de grupos agraviados, muchas veces de manera improvisada, que no obstante actúan de manera colectiva. Manifestándose en contra de racionalidades instrumentales, surgen movimientos basados en identidades raciales, étnicas, sexuales, etarias, o de género, que desarrollan acciones colectivas en busca de contrarrestar déficits democráticos que les relegan y aíslan de la arena política y las discusiones de su propia condición social (Calhoun, 1994; Fraser, 1992; Young, 2000).

 

La naturaleza del tipo de movimientos sociales que en particular se tiene en mente en esta presentación, demanda la consideración de otras realidades y saberes que se contraponen a discursos dominantes y que de hecho intentan decolonizar al imaginario social moderno (Taylor, 2004), tanto en entornos locales como globales. Son en ese sentido, irrupciones antisistémicas que exigen una democracia plural y radical, maximizando la autonomía de esferas sociales y la apertura de espacios políticos en contra de la concentración de poder y conocimiento (Laclau & Mouffe, 1985). Adela Cortina (1998) insiste en que hay que radicalizar a la democracia como discurso revolucionario, que no solo aproxime a los semejantes, sino que no separe a los diferentes.

 

En ese sentido, la esfera pública, en tanto sitio de intercambio comunicacional, es elemento fundamental para que la sociedad civil pueda elaborar espacios deliberativos propios que les conduzca a buscar rutas de incidencia en el mundo social, retando racionalidades unilaterales e instrumentales del Mercado y el Estado, proponiendo en su lugar unas de carácter comunicativo que busquen crear acuerdos y entendimientos entre los ciudadanos (Habermas, 1989). Por tanto, la construcción de espacios de deliberación entre ciudadanos es fundamental para el desarrollo de una democracia fuerte, aquella sustentada en la solidaridad, la participación y la colaboración, y que Benjamin Barber (2003) delinea como la apropiada para erigir sociedades más justas y equitativas. Ese es el papel pedagógico del diálogo que abona al aprendizaje social y político de sujetos que se manifiestan como antagonistas a una serie de determinaciones ideológicas que les subordinan y al que reaccionan en masa.

 

Ese es el valor de los movimientos sociales y las acciones colectivas en la democracia: recuerdan que la democracia es un concepto que se debe mantener abierto y en constante posposición de sus definiciones para incorporar distintas identidades no reconocidas en el contrato social, y por tanto excluidas de una vida de bienestar. Martha Nussbaum (2011) es acertada en insistir en construir espacios de participación que incorpore a identidades no privilegiadas, aquellas cuyas determinaciones étnicas, raciales, de género, sexuales y socioeconómicas los mantienen al margen de una vida de bienestar, libre de sojuzgamientos y humillaciones. La democracia liberal contemporánea ha sido insuficiente en la ampliación de espacios de discusión para aquellos habitando las periferias del discurso dominante. Ante ello, son los ciudadanos que por cuenta propia y haciendo uso del repertorio simbólico de su subversión, cuestionan y retan dinámicas de poder que los someten. Grupos indígenas, feministas, afrodescendientes, colectivos lgbtq , o cualquier otro grupo despojado de poder, se conjuntan en luchas comunes que, siguiendo a Raya Dunayevskaya (1973), erigen al subalterno in toto como vanguardia: la defensa del medioambiente, el derecho a la autodeterminación, las pugnas en contra de la voracidad del capitalismo clientelar, la exigencia de mayor apertura de espacios de participación democrática, el derecho a la salud y a la educación, las demandas por vivienda digna, la pugna por la equidad de género en entornos laborales, el matrimonio igualitario, el alto a la violencia de Estado, entre otras muchas luchas sociales se funden en manifestaciones colectivas que, más frecuente que no, trascienden ámbitos locales a través de tecnologías de comunicación digital. Internet ha jugado un papel preponderante en este debate. Desde la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994 hasta la fecha, esta tecnología no solo se ha forjado como espacio de lucha hegemónica, sino también como escenario de organización para la acción, es decir, más que medio de comunicación, se convirtió en una plataforma de participación tecnológica que abrió una fuente ilimitada de posibilidades culturales descentralizadas para los usuarios (Lull, 2001).

 

Una de esas posibilidades que ha abonado a la conformación de la ciudadanía digital contemporánea es precisamente la tecnopolítica, que va desde la conexión de acciones colectivas donde convergen identidades transgresivas de vanguardia, el desarrollo de formas de innovación en el diseño de la política pública surgida de públicos participativos en ambientes digitales, hasta la coordinación glocal para la preservación y defensa de procomunes y espacios públicos, exigencias de transparencia y rendición de cuentas, organización de manifestaciones y foros alternos, entre muchas otras posibilidades. En esa línea, la sociedad red se conecta en un espacio multidimensional de interacción, donde los movimientos locales crean redes solidarias que incorporan sus propias luchas a una escala global en contra de prácticas de opresión y dominación (Castells, 2009). Robert McChesney (2013), mantiene que corrientes ciberutópicas se enfrentan a posiciones ciberescépticas, y viceversa, para tratar de entender tanto los alcances como las limitaciones de estas plataformas para apoyar al cambio social y las acciones colectivas. Así, mientras hay posiciones celebratorias que consideran, entre otras cosas, las capacidades para crear inteligencias colectivas que democraticen la vida social (Lévy, 1999; Rheingold, 2003; Shirky, 2009), también existen posiciones más pesimistas que, como el mismo McChesney o Evgeny Morozov (2013) ven con recelo la economía política de las corporaciones de redes sociales que restringen o manipulan opciones de consumo digital.

 

Sin embargo, esto no es propiamente un debate polarizado, sino que cuenta con matices que los autores anteriormente mencionados también consideran. En todo caso, lo que es evidente es que movimientos sociales contemporáneos desarrollan sus estrategias de comunicación de acuerdo al uso de plataformas digitales, por lo que, como dice Ethan Zuckerman (2013), debemos prestar atención en la generación de movimientos sociales y acciones colectivas que en medio del mar de lo trivial y el ocio que abrumadoramente pululan en las redes, desarrollan formas de organización que visibilizan su lucha y genera opinión pública (Sierra, Leetoy & Gravante, 2018). Las posibilidades dialógicas de la Web 2.0 permiten colaboraciones remotas y asincrónicas en la construcción de una esfera pública más diversa, y si bien los movimientos sociales son efímeros, las luchas constantemente mutan con otros actores, pero con las mismas circunstancias que les han dado origen, y que persisten ante la irresolución de los agravios a los que se les somete (Castells, 2008, 2015). Así pues, la ruta trazada por el eZln delineó los esfuerzos altermundialistas que han continuado un sinfín de colectivos y movilizaciones organizadas desde plataformas móviles y digitales: desde la Batalla de Seattle hasta el #MeToo, pasando por edSa II y III, las manifestaciones posteriores al 11M, la Revolución del Azafrán, la Primavera Árabe, Ocuppy Wall Street, la Revolución de las Sombrillas, el 15M, el #YoSoy132, la Movilización de los Pingüinos, la solidaridad por Ayotzinapa, Black Lives Matter, entre otras muchas manifestaciones, lo que confirma que si bien el contexto local es lo que define y le da substancia a todo movimiento social, es a través de Internet que logra potencia comunicativa que ayuda a la visibilidad de la protesta, a la organización de las acciones posteriores, así como a su conexión global con otras luchas. Incluso, la lección de los zapatistas de creación de una esfera pública transnacional e identitariamente plural, sigue vigente y ha transformado radicalmente a las formas de acción colectiva que han surgido en los últimos treinta años. Estas formas de acción conectiva y de personalización de la protesta (Bennett & Sagerberg, 2013) muestran que las ideas de Dunayevskaya, escritas hace medio siglo, nos resulten siempre tan actuales.

 

A partir de mayo y hasta agosto de 2019, Comunicación y Socie dad publicará de manera continua, una serie de artículos enfocados a estudiar este tipo de fenómenos a través del análisis de casos en México, Estados Unidos, Chile, España y Brasil, que muestran diversas prácticas tecnopolíticas orientadas a la democratización de entornos locales y globales: problemáticas de migración, marginación económica, grupos indígenas, movimientos feministas, colectivos de búsqueda de personas desaparecidas, y activismo político. Los artículos recibidos fueron escritos por autores no solo comprometidos con la documentación y registro académico sobre estas problemáticas, sino con el afán de proponer rutas de acción que promuevan su resolución.

La sofisticación intelectual plasmada en sus textos, nos permite pronosticar que los lectores de la revista disfrutarán del rigor teórico y aparato crítico expuestos en cada uno de los artículos. Les invitamos a la reflexión y a continuar el debate sobre estas temáticas imprescindibles para la comunicología contemporánea.

 

Referencias bibliográficas

 

Barber, B. (2003). Strong democracy. Participatory Politics for a New Age. Berkeley: University of California Press

 

Bennett, L. & Sagerberg, A. (2013). The Logic of connective action. Digital media and the personalization of contentious politics. Cambridge: Cambridge uP

 

Calhoun, C. (Ed.). (1994). Social Theory and the Politics of Identity. Cambridge: Blackwell Publishers Inc.

 

Castells, M. (2008). The New Public Sphere. Global civil society, communication networks, and global governance. The annals of the American Academy of Political and Social Science, 1 (616), 78-93.

 

Castells, M. (2009). Communication Power. Oxford: Oxford University Press.

 

Castells, M. (2015). Networks of Outrage and Hope: Social Movements in the Internet Age. Cambridge: Polity Press.

 

Cortina, A. (1998). Ciudadanos del mundo: hacia una teoría de la ciudadanía. Madrid: Alianza Editorial

 

Dunayevskaya, R. (1973). Philosophy & Revolution. From Hegel to Sartre and from Marx to Mao. Nueva York: Delta Book.

 

Fraser, N. (1992). Rethinking the Public Sphere: A contribution to the critique of actually existing democracy. En C. Calhoun (Ed.),Habermas and the public sphere (pp. 109-142). Cambridge: MIT Press.

 

Habermas, J. (1989). The structural transformation of the public sphere: An inquiry into a category of bourgeois society. (T. Burger, Trans.). Cambridge: MIT Press.

 

Laclau, E. & Mouffe, Ch. (1985). Hegemony and socialist strategy: towards a radical democratic politics. Londres: Verso.

 

Lévy, P. (1999). Collective Intelligence: Mankind’s Emerging World in Cyberspace . Nueva York: Basic Books.

 

Lull, J. (2001). Superculture in the communication age. Londres: Routledge.

 

McChesney, R. (2013). Digital Disconnect: How Capitalism is Turning the Internet Against Democracy. Nueva York: The New Press.

 

Melucci, A. (1996). Challenging codes: collective action in the information age. Cambridge: Cambridge University Press.

 

Morozov, E. (2013). To Save Everything, Click Here: The Folly of Technological Solutionism. Nueva York: Perseus Books Group.

 

Nussbaum, M. (2011). Creating Capabilities: The Human Development Approach. Cambridge: Belknap Press.

 

Offe, C. (1984). Contradictions of the Welfare State. Cambridge: MIT Press.

 

Rheingold, H. (2003). Smart Mobs: The Next Social Revolution. Nueva York: Basic Books.

 

Shirky, C. (2009). Here comes everybody: the power of organizing without organizations . Nueva York: Penguin Books.

 

Sierra, F., Leetoy, S. & Gravante, T. (Coord.). (2018). Ciudadanía Digital y Democracia Participativa. Salamanca: Comunicación Social

 

Taylor, C. (2004). Modern social imaginaries. Durham: Duke University Press.

 

Touraine, A. (2000). Can We Live Together? Equality and Difference. Palo Alto: Stanford University Press.

 

Young, I. M. (2000). Inclusion and democracy. Oxford: Oxford University Press.

 

Zuckerman, E. (2013). Rewire: Digital Cosmopolitans in the Age of Connection . Nueva York: W. W. Norton & Company.

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